Ese día, al mediodía, cuando la familia se reunió para conmemorar un nuevo aniversario de la partida del abuelo, nadie esperaba que las lágrimas de la abuela brotaran en medio del almuerzo. Acababa de ser homenajeada como la última viuda sobreviviente de la tragedia del humo, y sin embargo, su rostro reflejaba una tristeza más honda que cualquier palabra.
Le preguntamos por qué lloraba, si aquel acto había sido en su honor, y ella, con la voz temblorosa y los ojos anegados, nos respondió que su dolor no era de hoy, sino de hace muchos años. “El mundo estaba cambiando —nos dijo—. Las grandes potencias se disputaban el poder tras la Segunda Guerra Mundial, pero en este rincón del sur, nosotros vivíamos otra guerra… una guerra silenciosa, bajo tierra, entre el hombre y la mina.”
Con pausas marcadas por la emoción, nos relató que el 19 de junio de 1945 fue un día cualquiera al comienzo. El frío helaba los huesos en el campamento minero, y como siempre, los hombres descendieron a la mina para ganarse el pan. Nadie sospechaba que esa jornada quedaría grabada en la historia con fuego y humo.
Nos contó que el abuelo había bajado temprano, como todos los días. Pero ese día, la fragua que encendieron para calentarse prendió más que el carbón: encendió la tragedia. El humo venenoso, denso como la noche, empezó a colarse por los túneles como una sombra asesina. A las doce del día, ya caían los primeros hombres, asfixiados, atrapados en el vientre de la tierra.
Casi 400 trabajadores murieron ese día —nos dijo—, 395 sueños truncados bajo la roca de la mina más grande del mundo. Ni el hospital de Coya ni las manos desesperadas pudieron salvarlos. El túnel de nivel siete se convirtió en tumba colectiva. El abuelo fue uno de ellos. Y junto con él, amigos, hermanos, compañeros.
La abuela respiró hondo antes de continuar. “No quiero que recordemos solo ese día oscuro”, nos dijo. “Quiero que recuerden al abuelo como era: alegre, trabajador, lleno de sueños. Y a todos esos hombres que murieron por un salario, por su familia, por ustedes.”
Nos habló de cómo, con el paso de los años, los descendientes de aquellos mártires se convirtieron en médicos, ingenieros, profesores, obreros dignos. Nos miró con orgullo y nos dijo que nosotros éramos la prueba de que el sacrificio no fue en vano.
“Rancagua —susurró— no solo está construida sobre cobre. Está construida sobre memoria, sobre sacrificio, sobre amor. Y mientras ustedes recuerden, ellos vivirán.”
Terminó su relato y nos quedamos en silencio, con el corazón apretado. Entendimos, en ese instante, que no solo se trataba del abuelo. Se trataba de una historia que nos atravesaba a todos. Y que como familia —y como ciudad— tenemos la responsabilidad de no dejar que el humo del olvido apague jamás esa llama.
Por: Eduardo Cobián Fuenzalida
(Foto; Sindicato El Teniente)




