Al estudiar un personaje histórico, uno de los mayores desafíos es mantener la objetividad sobre él. Sin duda alguna, esto se evidencia en la figura de Bernardo O’Higgins Riquelme (1778-1842), un indiscutido prócer independentista, pero objeto de disímiles y ásperas valoraciones de parte de aquellos que investigan e interpretan el pasado a través de la ciencia histórica.
Amplio es el catálogo de estudios sobre la vida privada, obra política y hazañas militares de Bernardo O’Higgins. Entre las más de 300 investigaciones sobre su persona, sobresalen dos visiones históricas que han nutrido el imaginario colectivo: O’Higgins el tirano y O’Higgins el padre de la patria.
En 1914, el historiador liberal Miguel Luis Amunategui publicó La Dictadura de O’Higgins, un estudio sobre los casi seis años en que el libertador se desempeñó como Director Supremo. El autor critica la impronta autoritaria de su gestión aludiendo a “su desmedida ambición de mando, las conspiraciones a las cuales dio origen su falsa política, las venganzas que ensangrentaron su gobierno, los grandes abusos que justificaron su caída” (Amunategui, 1914). Por su parte, en destacados estudios de riguroso trabajo documental y cautivador estilo literario, el historiador conservador Jaime Eyzaguirre enalteció la figura de Bernardo O’Higgins, atribuyéndole una distinguida rectitud moral, una profunda devoción religiosa y exaltando su sacrificio personal por el bien común. Eyzaguirre en conjunto a diversos historiadores, se dedicaron a reivindicar la figura de O’Higgins como el artífice de la nueva república, difundiendo su legado como heroico padre de la patria.
Si bien la historiografía nacional ha presentado visiones contrapuestas sobre O’Higgins, quienes han investigado su vida coinciden en la trascendencia de su liderazgo, así como en su loable patriotismo y la intrépida valentía con la que desafió la muerte en los campos de batalla. Dichas valoraciones positivas ya se comentaban mientras el prócer independentista vivía. Tras el combate de El Roble — acontecido el 17 de octubre de 1813 y escenario de una de las frases más célebres de O’Higgins: “¡O vivir con honor o con morir con gloria; el que sea valiente sígame!”—, el general en jefe del Ejército Restaurador (patriota), brigadier José Miguel Carrera, se refirió a O’Higgins como “benemérito, el intrépido, el digno coronel […] el primer soldado capaz en si solo de reconcentrar y unir heroicamente el mérito de las glorias y triunfos del Estado Chileno”.
Esta nueva conmemoración del natalicio de Bernardo O’Higgins Riquelme es la instancia perfecta para reflexionar acerca de la enseñanza que nos deja la diversidad de juicios históricos sobre su figura. O’Higgins vivió entre luces y sombras; entregando a las nuevas generaciones virtudes dignas de seguir, como a su vez errores de los cuales podemos aprender. La investigación histórica nos enseña a ponderar los actos con altura de mira y no ceder ante el anacronismo, es decir, no juzgar el pasado desde los valores éticos y políticos actuales, ignorando las circunstancias y mentalidad de la época.
Rafael Francisco Andrés Olave Sanhueza
Estudiante de Licenciatura en Historia de la Pontificia Universidad Católica de Chile




