Chimbarongo.- En el marco de la conmemoración del Día del Hospital, en Chimbarongo fue reconocida la trayectoria de seis funcionarios que, entre todos, suman 160 años de servicio. Detrás de cada cifra hay historias de vida, aprendizajes, momentos difíciles, amistades y un profundo compromiso con la comunidad a la que han acompañado durante décadas.
Hay lugares que terminan siendo mucho más que un espacio de trabajo. Lugares donde transcurren años, donde se construyen amistades, se viven momentos difíciles y también alegrías, y donde los rostros de quienes alguna vez llegaron buscando atención, terminan formando parte de la propia memoria. Eso es, para muchos funcionarios y funcionarias, el Hospital de Chimbarongo.
En el marco de la conmemoración del Día del Hospital, el establecimiento realizó una ceremonia para reconocer la trayectoria de seis integrantes de su comunidad funcionaria, quienes han dedicado entre 20 y 40 años de sus vidas al servicio de la salud.
En esta oportunidad fueron reconocidos Carlos Acevedo, por 40 años de servicio; Yessica Morales, por 35 años; Paola Pérez, por 30 años; Fernando Cortés, por 25 años y, Manuel Amaya y Úrsula Guzmán, por 20 años.
Son 160 años de servicio que, más allá de las cifras, representan miles de jornadas de trabajo, cambios en la institución, generaciones de pacientes y familias, compañeros que llegaron y que hoy ya no están, además de innumerables experiencias que han ido dando forma a la historia del hospital.
“Volví con harto cariño y con ganas de seguir trabajando”
Para Yessica Morales, quien cumplió 35 años de servicio y actualmente se desempeña en el área de Gestión de las Personas, mirar hacia atrás significa recorrer prácticamente toda una vida laboral.
Su historia en el hospital comenzó el 28 de octubre de 1991, cuando llegó para realizar un reemplazo en la oficina de secretaría pre y postnatal. Después vinieron nuevos reemplazos y un concurso que, por esas circunstancias inesperadas de la vida, terminó permitiendo que permaneciera en Chimbarongo. Desde entonces pasó por distintas áreas: SOME, contabilidad, abastecimiento, recaudación y admisión, hasta llegar en 2012 al entonces denominado Departamento de Personal, hoy Gestión de las Personas.
“El trabajo siempre me ha gustado harto”, cuenta Yessica, quien reconoce que durante buena parte de su trayectoria el hospital ocupó un lugar muy importante en su vida cotidiana.
Pero su historia también estuvo marcada por momentos difíciles. En un periodo de mucho estrés laboral enfrentó un cáncer que la mantuvo alejada del hospital durante casi dos años. Superado ese proceso, regresó a su lugar de trabajo con una mirada distinta. “Volví con harto cariño y con ganas de seguir trabajando”, recuerda.
Para ella, el hospital también ha sido parte fundamental de su historia familiar. Con el trabajo pudo sacar adelante a sus tres hijos y acompañarlos en su crecimiento y educación. “Trabajar en el hospital me ha servido de mucho porque he criado a mis hijos, les di educación a todos”, relata.
Del antiguo hospital al presente
Yessica también es testigo privilegiada de la transformación que ha experimentado el establecimiento. Recuerda los años en el antiguo hospital, cuando las condiciones eran muy distintas a las actuales y los funcionarios debían desenvolverse en espacios pequeños y, especialmente durante el invierno, muy fríos.
El traslado al actual establecimiento significó, para ella, pasar de ese antiguo recinto a un hospital moderno, con mejores condiciones para funcionarios y usuarios. “Desde ese lugar tan añoso, tan helado, frío, llegar ahora a un hospital nuevo fue un cambio maravilloso”, señala.
Sin embargo, hay algo que Yessica recuerda con especial cariño de aquellos años: la cercanía entre los equipos. Como eran menos funcionarios y el hospital era más pequeño, todos terminaban conociéndose y colaborando entre sí. Si faltaba alguien en un área, otro funcionario acudía a apoyar, independiente de cuál fuera su función habitual.
“Todos teníamos que ver, todos teníamos contactos y nos coordinábamos para cualquier cosa. Ayudas entre los mismos funcionarios”, recuerda. Para ella, esa relación humana sigue siendo uno de los recuerdos más valiosos de sus primeros años en el hospital.
De artesano en mimbre a funcionario del hospital
La historia de Manuel Amaya, reconocido por sus 20 años de servicio, también habla de esos caminos inesperados que pueden llevar a una persona a convertirse en parte de una comunidad hospitalaria.
Antes de ingresar al establecimiento, Manuel era artesano en mimbre, oficio que aún desarrolla de manera esporádica. Sin embargo, durante un invierno en que este trabajo disminuía, surgió la posibilidad de realizar un reemplazo como auxiliar de servicio.
Sus conocimientos de electricidad y gasfitería también fueron considerados y, posteriormente, participó en un concurso que le permitió quedarse. “Una, por la estabilidad, y lo otro porque me gustaba”, explica al recordar las razones que lo llevaron a permanecer en el hospital.
Comenzó trabajando en el antiguo establecimiento, donde sus conocimientos técnicos eran especialmente necesarios. Con el paso de los años realizó distintos cursos y fue adquiriendo nuevas herramientas para desempeñarse en el servicio público.
Hoy su trabajo es diferente. Junto a otros compañeros, se desempeña en labores de aseo en el área de Urgencias, una función que asume con el mismo entusiasmo que ha marcado sus dos décadas en el hospital. “Me gusta mucho lo que hago”, afirma.
Pero Manuel también ha dejado huella más allá de sus funciones laborales. Es dirigente gremial y fue impulsor del club de fútbol del hospital, tanto en sus ramas femenina como masculina. Actualmente continúa como presidente y recuerda con orgullo las ocasiones en que los equipos de Chimbarongo se quedaron con el triunfo en distintas olimpiadas. Su vínculo con el hospital, por tanto, no se limita a una jornada laboral. También está en los espacios de encuentro, en el deporte, en la camaradería y en las relaciones construidas con quienes han compartido con él estos años.
Un hospital que cambia, pero conserva sus historias
Tanto Yessica como Manuel han sido testigos de una institución que ha cambiado con el paso del tiempo. Han visto crecer al hospital, modernizar sus espacios, incorporar nuevas generaciones de trabajadores y transformar la manera de entregar atención a la comunidad. Pero también han visto partir a compañeros y compañeras que fueron parte importante de sus propias historias.
Manuel recuerda con emoción a antiguos colegas con quienes compartió turnos y jornadas de trabajo y que hoy ya no están. “Se extrañan, sí, mucho”, reconoce.
Porque los años de servicio también están hechos de esas ausencias, de los nombres que permanecen en la memoria y de las historias que se siguen contando entre quienes continúan trabajando en el hospital. “Ya va quedando en manos de gente más joven, otras ideas. Y así es la cosa”, reflexiona Manuel sobre el inevitable paso de las generaciones.
Y quizás allí está una de las mayores riquezas de estas trayectorias: en la posibilidad de que quienes llevan décadas en el establecimiento puedan entregar sus experiencias a quienes hoy comienzan su propio camino.
Más que años de servicio
La ceremonia del Día del Hospital permitió reconocer seis trayectorias distintas, pero unidas por un mismo elemento: la decisión de dedicar una parte importante de sus vidas al servicio de otras personas.
Manuel, Paola, Yessica, Carlos, Fernando y Úrsula representan a tantos otros funcionarios y funcionarias que, desde distintas labores y responsabilidades, hacen posible que el hospital funcione cada día. Porque en un establecimiento de salud no solo están quienes atienden directamente a los pacientes. También están quienes reciben, orientan, mantienen los espacios, administran, gestionan personas, abastecen, limpian, acompañan y realizan cientos de tareas que muchas veces ocurren silenciosamente, pero que son indispensables para cuidar a la comunidad.
Por eso, celebrar el Día del Hospital es también detenerse para mirar a quienes están detrás de cada jornada. Son personas que han entregado años de sus vidas, que han visto crecer a sus familias mientras también crecía el hospital, que han aprendido, enseñado, reído, sufrido y compartido. Personas que han convertido un lugar de trabajo en parte de su propia historia. A ellos y a todos quienes día a día entregan su compromiso al Hospital de Chimbarongo, el reconocimiento y la gratitud de toda una comunidad.
Porque un hospital puede tener nuevos edificios, tecnología y mejores espacios, pero su verdadera historia siempre estará escrita por las personas que cada día llegan a trabajar con la voluntad de cuidar a otras personas.
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